"Todo se aprende del fracaso" - David Bowie

La mañana del 15 de septiembre de 1928, un médico del Hospital Saint Mary de Londres que investigaba bacterias volvía a su laboratorio después de unos días de vacaciones, cuando entró descubrió que había cometido un terrible error, había dejado una ventana medio abierta y una de las muestras de estafilococo se había estropeado. Miró la pletina llena de moho, pero no la tiró a la basura, la puso bajo el microscopio y la guardó, días después volvió a mirarla, descubrió que por aquella ventana se había colado un hongo, el penicilium, que había matado su bacteria. Su despiste, su error, su a priori fracaso, cambió para siempre la historia de la humanidad. El médico era Alexandrer Fleming y había descubierto la penicilina. En 1945 recogió el Premio Nobel de Medicina y Fisiología, millones de personas en todo el mundo ya se habían curado de infecciones bacterianas gracias a su hallazgo.

Tenemos miedo a equivocarnos, vivimos en una sociedad que en general penaliza el error, que nos exige ser efectivos y muy eficientes. Se recompensa acertar a la primera y si es de una forma rápida, mejor, y eso en algunos casos, realmente es bastante poco probable que suceda, incluso a veces, ni siquiera es adecuado que pase, simplemente porque acertar a la primera, impide evaluar resultados diferentes, quizá algunas veces menos óptimos, pero otras igual más necesarios.

Es cierto que la preparación y la oportunidad, son fundamentales, que hay que buscar el mayor rendimiento posible, que hay que tender a optimizar recursos y debemos intentar conseguir el resultado más favorable, pero a veces un resultado adverso es una increíble fuente de aprendizaje y por tanto de crecimiento personal.

El fracaso ofrece alternativas que en ocasiones, no sabíamos que podían suceder, nos pone a prueba, nos fortalece, mejora nuestra capacidad de gestión. A veces empezar de nuevo permite descubrir nuevas perspectivas que antes no hubiéramos podido observar.

Entender que un resultado no previsto puede llegar a ser incluso mejor que el previsto es un acto de humildad, y además es una fuente de creatividad, porque gestionar lo incierto mejora nuestra imaginación. Los resultados no esperados nos abren nuevas opciones, vías alternativas a las que no hubiéramos llegado antes y que eran necesarias para llegar a un objetivo mucho mayor.

Fracasar es haberse arriesgado, haberlo intentado, es haber explorado lo inseguro, haber experimentado.

Superar un fracaso sin duda alguna nos hace mucho más fuertes, más seguros, más hábiles y mucho más resilientes.

Fracasar no es una excepción, ¿Cómo puede enfocarse mejor?

María Concepción Gordo
Coach, Formadora, Profesora e Investigadora en la UAM.