“Nada se olvida más despacio que una ofensa, ni más rápido que un favor” - M. Luther King

La culpa es una emoción secundaria y, por tanto, una mezcla de otras. En cada persona se puede manifestar de una forma distinta.

Es la más dañina de todas las emociones. Nada puede llegar a atormentar más que sentirnos culpables.

Y sin embargo, hay dos premisas contradictorias y ambas ciertas: todos tenemos culpa y en realidad nadie tiene la culpa.

La culpa es necesaria, la carga emocional que supone sentirnos culpables nos hace más humanos.

Asumir culpas es mejorar como personas

Disculparse es necesario para reparar el daño causado y disculpar a otros sin duda denota nuestro grado de generosidad y crecimiento.

Como premisa, la culpa asume que hemos hecho algo, normalmente con consecuencias negativas para nosotros mismos o para otros, que podíamos haber evitado o presupone que podíamos haber actuado de una forma distinta.

¿Pero cómo nos comportamos en realidad?

La toma de decisiones en cada momento depende de nuestro nivel de conciencia, tanto emocional y mental como físico.

Cuando actuamos bien sea de forma planificada o espontánea, lo hacemos de la única forma que en ese momento, circunstancia, situación y estado personal somos capaces de hacer. Con otros condicionantes es probable que la actuación fuera diferente.

Existen 3 niveles de actuación que se retroalimentan entre sí: pensamientos, emociones y corporalidad.

Si ni nuestra mente, ni nuestra emoción (pálpitos, intuición), ni nuestro cuerpo nos llevó a hacer otra cosa distinta es que realmente, esa fue la única forma en la que pudimos actuar.

Hay personas que están tan conectadas con su mente que antes de realizar cualquier acción sopesan tanto que la respuesta tomada es la más razonada. Otras se guían por la intuición o la emoción que les produce esa sensación, algunas están tan conectadas con su cuerpo que antes de emprender cualquier acción su cuerpo les facilita o les atenaza y actúan en función de esa sensación.

¿Cómo liberarnos de la culpa?

Primero, siendo conscientes de que realmente si hubiéramos podido actuar de otra forma, lo hubiéramos hecho. Si no lo hicimos es porque no estábamos preparados para ello.

Segundo, asumiendo que probablemente habría opciones y posibilidades diferentes, pero si no optamos por ellas es porque no las vimos con claridad o incluso no fuimos capaces de ser conscientes de ellas como para valorarlas a priori.

Si ahora pensamos que debimos actuar de forma distinta es porque ya hemos tenido un avance en nuestro nivel de conciencia. En gran medida, las consecuencias de un acto son las que nos permiten actuar de forma diferente y, por tanto, nos hacen crecer.

Pensemos en las consecuencias de nuestras actuaciones, no con el prisma del el juicio de si son buenas o malas, sino con la conciencia de que son valiosa información sobre nosotros.

Más que culpables, somos responsables de todo lo que hacemos y, por supuesto, de todo lo que decidimos no hacer. Pero, sobre todo, lo que debemos asumir es que somos responsables de cómo somos capaces de actuar.

El sentimiento de culpa desde la Psicología

En el siguiente tema vamos a revisar el asco, porque todo lo que nos desagrada nos define.

María Concepción Gordo
Coach, Formadora, Profesora e Investigadora en la UAM.